Lourdes Garrido Mayo
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Trauma y microbiota: estrés infantil y salud intestinal

Las experiencias emocionales tempranas pueden influir en nuestra forma de responder al estrés. Descubre qué sabemos sobre trauma, microbiota intestinal y eje intestino-cerebro desde una perspectiva psicológica y científica.

10 de octubre de 2026
Mujer con los ojos cerrados, un cerebro y un intestino iluminados conectados por una línea de luz, rodeados de microorganismos y flores. Al fondo, siluetas de una infancia emocionalmente difícil simbolizan la relación entre trauma psicológico, estrés y microbiota intestinal.

Trauma y microbiota: cuando nuestra historia emocional también importa

Hay personas que saben perfectamente cómo se sienten los demás, pero tienen muchas dificultades para saber cómo se sienten ellas mismas.

Detectan un cambio de humor en su pareja, se dan cuenta enseguida de que alguien está incómodo y son capaces de anticiparse a las necesidades de todo el mundo. Sin embargo, cuando alguien les pregunta qué necesitan, quizá respondan: «No sé, estoy bien».

Y puede que no estén tan bien.

Tal vez llevan años acostumbradas a no molestar, a no pedir demasiado, a resolver los problemas de los demás y a dejar sus propias necesidades para más adelante. Se han convertido en personas responsables, comprensivas y disponibles. A veces, incluso, en aquellas a las que todo el mundo recurre cuando necesita ayuda.

Pero ¿quién les enseñó a vivir de esa manera? ¿Y qué sucede cuando una forma de adaptarse que fue útil durante la infancia empieza a tener un coste en la vida adulta?

Estas preguntas me llevan a una cuestión que la psicología y la investigación biomédica empiezan a explorar desde perspectivas diferentes: la relación entre las experiencias emocionales tempranas, el estrés y la microbiota intestinal.

¿Puede nuestra historia influir en la manera en que responde nuestro organismo? ¿Existe una relación entre el trauma psicológico y determinados cambios en el ecosistema intestinal?

La ciencia todavía no tiene todas las respuestas. Pero las que empieza a encontrar merecen nuestra atención.

1. Cuando un niño aprende a olvidarse de sí mismo

En La familia narcisista: diagnóstico y tratamiento, Stephanie Donaldson-Pressman y Robert M. Pressman describen una dinámica familiar en la que las necesidades emocionales de los adultos ocupan el centro y los hijos aprenden a adaptarse a ellas.

No se refieren exclusivamente a familias en las que los padres tienen un diagnóstico de trastorno narcisista de la personalidad. Su modelo pone el foco en el funcionamiento del sistema familiar y en lo que sucede cuando las necesidades de los niños quedan relegadas de forma persistente.

Imaginemos a una niña que llega a casa triste porque ha tenido un problema en el colegio.

Quizá su madre está desbordada y no puede atenderla. Quizá su padre se irrita cuando la niña llora. O quizá, cada vez que expresa enfado, alguien le recuerda todo lo que sus padres hacen por ella.

No hace falta que ocurra una gran tragedia. A veces, lo que va dejando huella es la repetición de pequeñas experiencias en las que el niño no encuentra espacio para expresar lo que siente.

La niña puede aprender que es mejor no llorar, que debe portarse bien o que tiene que tranquilizar a su madre cuando la ve triste. Tal vez descubre que recibe más atención cuando saca buenas notas, ayuda en casa o no plantea problemas.

Poco a poco, aprende a observarse menos y a observar más a los demás.

Se convierte en una experta en detectar lo que necesita su entorno, pero no necesariamente en reconocer sus propias necesidades.

Los autores de La familia narcisista explican que crecer en estas dinámicas puede dificultar el desarrollo de la confianza en uno mismo, la identificación de las emociones y la capacidad para establecer límites.

La persona adulta quizá se pregunte constantemente si está haciendo lo correcto, necesite aprobación o sienta culpa cuando intenta decir que no.

Desde fuera, puede parecer que tiene una gran capacidad de adaptación. Desde dentro, quizá viva con la sensación de que debe esforzarse continuamente para merecer el cariño, evitar conflictos o impedir que algo salga mal.

Y aquí aparece una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando la adaptación deja de ser una respuesta ocasional y se convierte en nuestra manera habitual de vivir?

2. El trauma no siempre se reconoce desde fuera

Cuando hablamos de trauma psicológico, solemos pensar en acontecimientos extremos: violencia, abusos, accidentes, pérdidas o situaciones en las que la vida corre peligro.

Sin embargo, las experiencias adversas durante la infancia pueden adoptar formas diferentes. También importa cómo se viven, cuánto duran, qué apoyo recibe el niño y qué posibilidades tiene de sentirse seguro.

Es importante no confundir conceptos: una infancia difícil no implica necesariamente un trauma clínico, y no todas las personas que crecen en familias disfuncionales desarrollan las mismas dificultades.

Pero algunas experiencias repetidas pueden influir en la manera en que una persona aprende a relacionarse con sus emociones y a responder a las situaciones que percibe como amenazantes.

Pensemos en alguien que ha crecido pendiente del humor de sus padres. Si uno de ellos está enfadado, la casa entera parece cambiar. Si está contento, todo resulta más sencillo.

El niño puede empezar a vigilar continuamente el ambiente para anticipar lo que va a suceder. Esa vigilancia quizá le ayude a desenvolverse en su familia, pero años después puede manifestarse como una gran dificultad para relajarse, una preocupación constante por los demás o una intensa reacción ante los conflictos.

Incluso cuando la situación que originó esa adaptación ya no existe, la persona puede seguir respondiendo como si tuviera que protegerse.

No lo hace porque quiera complicarse la vida. Tampoco porque le falte voluntad. A veces, está utilizando respuestas que aprendió mucho antes de tener recursos para comprenderlas o elegirlas conscientemente.

Comprender una adaptación no significa resignarse a ella. Significa descubrir qué función tuvo y empezar a explorar otras posibilidades.

3. Gabor Maté y el coste de dejar nuestras necesidades en segundo plano

El médico y escritor Gabor Maté ha dedicado buena parte de su obra a explorar la relación entre las experiencias tempranas, el estrés, los vínculos y la salud.

En Cuando el cuerpo dice no, invita a reflexionar sobre las consecuencias que puede tener la dificultad para reconocer las propias necesidades, expresar determinadas emociones o establecer límites en las relaciones.

Imaginemos a una persona que siempre dice que sí.

Sí a ese favor para el que no tiene tiempo. Sí a la reunión que le agota. Sí a la petición de alguien que nunca parece tener suficiente. Y sí, también, cuando su cuerpo está pidiendo a gritos una pausa.

Si le preguntamos por qué le cuesta negarse, quizá responda que no quiere decepcionar a nadie. O que no le gusta crear conflictos. O que, en realidad, no le cuesta tanto.

Puede que haya aprendido que conservar la armonía es más importante que expresar lo que necesita. Tal vez tema que poner un límite provoque rechazo, enfado o distancia.

En algunos casos, esa forma de actuar tiene raíces en las experiencias tempranas y en la necesidad infantil de mantener vínculos importantes.

La perspectiva de Maté nos invita a mirar estas respuestas con curiosidad y compasión, en lugar de limitarnos a juzgarlas como falta de carácter o incapacidad para decir que no.

No obstante, conviene distinguir entre una interpretación psicológica y una conclusión médica demostrada. Las ideas de Maté no prueban que reprimir una emoción provoque una enfermedad específica, ni permiten atribuir cualquier síntoma físico a una experiencia infantil.

Su trabajo nos ayuda a formular preguntas sobre el precio de determinadas adaptaciones. Para comprender cómo podrían relacionarse con el intestino, necesitamos mirar también lo que sabemos sobre la respuesta fisiológica al estrés.

4. El cerebro y el intestino mantienen una conversación constante

¿Alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de una conversación difícil? ¿Has notado que, durante una época de preocupación, tu digestión cambia o tu abdomen parece tener vida propia?

No es necesario recurrir a explicaciones misteriosas para comprender que las emociones pueden acompañarse de sensaciones digestivas.

El cerebro y el intestino mantienen una comunicación bidireccional mediante vías nerviosas, hormonales, inmunitarias y metabólicas. Este sistema se conoce como eje intestino-cerebro.

Cuando percibimos una amenaza, el organismo activa mecanismos de respuesta al estrés. A corto plazo, pueden ayudarnos a reaccionar ante una situación exigente. Sin embargo, cuando el estrés se prolonga o se repite sin suficientes oportunidades de recuperación, puede influir en distintos procesos fisiológicos.

Entre ellos se encuentran la motilidad intestinal, la sensibilidad digestiva y determinados mecanismos relacionados con la barrera intestinal y la actividad inmunitaria.

En este sistema también participa la microbiota intestinal: la comunidad de microorganismos que habita nuestro aparato digestivo y que interviene en diversas funciones metabólicas e inmunitarias.

Esto abre una posibilidad interesante. Si las experiencias tempranas pueden influir en la forma en que algunas personas responden al estrés, y el estrés puede modificar el funcionamiento intestinal, ¿podrían existir asociaciones entre las adversidades tempranas y la microbiota?

No es una pregunta puramente especulativa. Hay investigadores que llevan años estudiándola.

5. ¿Qué han encontrado los estudios sobre trauma y microbiota?

Una revisión sistemática publicada en 2023 en la revista Nutrients examinó los estudios en humanos sobre estrés temprano y microbiota intestinal.

Los investigadores identificaron 13 estudios que cumplían los criterios de inclusión. Todos encontraron alguna asociación entre las experiencias de estrés prenatal o durante la infancia y la adolescencia y la microbiota intestinal.

Sin embargo, los resultados no coincidían lo suficiente como para identificar una composición microbiana común asociada al estrés temprano.

Las diferencias entre los participantes, el momento en que se recogieron las muestras, los métodos de análisis y el reducido tamaño de algunas investigaciones pueden contribuir a esa falta de uniformidad.

La revisión, titulada The Gut Microbiome in Early Life Stress: A Systematic Review, puede consultarse aquí.

Otra revisión sistemática, publicada en 2025 en Frontiers in Neuroscience, se centró en personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT) y las comparó con personas que habían vivido experiencias traumáticas, pero no habían desarrollado ese trastorno.

Solo tres estudios cumplían los criterios establecidos por los autores. Los tres encontraron algunas diferencias en determinados grupos de microorganismos entre ambos grupos, aunque los resultados variaban y no permitían establecer un patrón definitivo.

En cuanto a la diversidad microbiana, los resultados fueron mixtos: solo uno de los estudios encontró una diferencia significativa entre los grupos. Los autores también señalaron que factores como las características de los participantes y otras variables no siempre controladas podían influir en los resultados.

Puedes leer la revisión completa, Gut microbiome differences in individuals with PTSD compared to trauma-exposed controls: a systematic review, en este enlace.

¿Qué podemos concluir?

Que existe una línea de investigación científica que relaciona las experiencias adversas y el estrés con diferencias observadas en la microbiota intestinal. Pero todavía no sabemos con precisión qué significan esas diferencias ni cuál es la dirección de la relación.

¿Los cambios microbianos contribuyen a la vulnerabilidad al estrés? ¿Son consecuencia de este? ¿Influyen otros factores en ambos procesos?

Es posible que intervengan varios mecanismos a la vez. La investigación aún necesita estudios más amplios y comparables para responder a estas preguntas.

Por eso, no podemos afirmar que una persona con trauma tenga necesariamente una microbiota alterada, ni que un análisis de microbiota permita descubrir si alguien ha vivido experiencias traumáticas.

La realidad es más compleja, y precisamente por eso merece ser estudiada con rigor.

6. El estrés no se vive solamente en la mente

A veces hablamos de lo psicológico y lo físico como si fueran dos mundos independientes. Como si las preocupaciones pertenecieran a la cabeza y los síntomas digestivos a otro departamento del organismo.

Pero el estrés es también una respuesta fisiológica.

Cuando una persona vive en un estado persistente de alerta, su organismo puede experimentar cambios relacionados con el sueño, la tensión muscular, la sensibilidad al dolor y el funcionamiento digestivo. La intensidad y las consecuencias varían mucho entre personas.

Algunas notan que sus molestias intestinales empeoran durante los periodos de mayor tensión. Otras experimentan cambios digestivos ante situaciones concretas, aunque no siempre identifiquen conscientemente qué les está preocupando.

Esto no significa que sus síntomas sean imaginarios. Tampoco significa que todo problema digestivo tenga un origen emocional.

Significa que el funcionamiento del organismo está influido por múltiples factores y que el estrés puede formar parte de ellos.

Si una persona presenta síntomas intestinales persistentes, es importante valorar las posibles causas médicas y no atribuirlos automáticamente a su historia psicológica. Del mismo modo, cuando existe sufrimiento emocional, puede ser útil atenderlo sin ignorar el resto de las circunstancias de su vida.

La mirada integradora no consiste en elegir entre cuerpo y mente. Consiste en reconocer que ambos participan en una misma experiencia humana.

7. ¿Qué podemos hacer con esta información?

No necesitamos descubrir una explicación definitiva para cada síntoma antes de empezar a cuidarnos.

Podemos comenzar por observar cómo vivimos, cómo respondemos al estrés y qué lugar ocupan nuestras necesidades en nuestras relaciones.

Quizá descubramos que nos cuesta descansar porque sentimos que siempre deberíamos estar haciendo algo útil. O que decir que no nos provoca una culpa desproporcionada. O que llevamos tanto tiempo intentando no molestar que ya no sabemos expresar lo que nos ocurre hasta que estamos desbordados.

Reconocer estos patrones no significa culpar a nuestros padres ni atribuirles intenciones que desconocemos. Tampoco significa que debamos buscar un trauma detrás de cada dificultad.

Significa comprender que algunas respuestas se aprendieron en un contexto determinado y que, con apoyo y práctica, pueden desarrollarse otras maneras de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

La psicoterapia puede ayudar a explorar estas experiencias, reconocer emociones, establecer límites y desarrollar formas más flexibles de afrontar el estrés.

Al mismo tiempo, los síntomas físicos merecen una atención adecuada. La investigación sobre microbiota todavía no permite recomendar intervenciones específicas para reparar los efectos de un trauma psicológico, y no existe una prueba intestinal que mida nuestras heridas emocionales.

No tenemos que convertir el intestino en un detector de traumas ni el trauma en la explicación universal de nuestra salud.

Podemos mantener la curiosidad sin renunciar al rigor.

8. Comprender nuestra historia sin quedar atrapados en ella

Una de las ideas más valiosas que podemos extraer de La familia narcisista es que las personas pueden aprender a desconfiar de sus propios sentimientos cuando, durante la infancia, no encuentran suficiente espacio para expresarlos y comprenderlos.

Y una de las preguntas que plantea el trabajo de Gabor Maté es qué ocurre cuando seguimos utilizando, en la edad adulta, formas de adaptación que pudieron ayudarnos a conservar nuestros vínculos durante la infancia.

La investigación sobre el eje intestino-cerebro añade otra dimensión: el estrés y los procesos fisiológicos se relacionan de maneras complejas, y la microbiota es una de las piezas que los científicos están empezando a estudiar con mayor profundidad.

No sabemos todavía si existe una huella microbiana específica del trauma. No podemos afirmar que todas las personas que han sufrido adversidades desarrollen alteraciones intestinales. Tampoco podemos asegurar que resolver un conflicto emocional normalice la microbiota.

Pero sí sabemos que merece la pena comprender a las personas desde una perspectiva amplia, sin reducirlas a sus síntomas ni separar artificialmente su historia de su cuerpo.

Y quizá haya algo profundamente liberador en dejar de preguntarnos únicamente por qué reaccionamos como reaccionamos y empezar a explorar qué aprendimos, qué necesitamos hoy y qué otras posibilidades tenemos.

No podemos cambiar la infancia que vivimos. Pero podemos aprender a reconocer las adaptaciones que ya no nos sirven, construir relaciones más seguras y desarrollar una forma de cuidarnos que no dependa exclusivamente de satisfacer las necesidades de los demás.

A veces, ese proceso comienza con algo tan sencillo como reconocer que estamos cansados. O permitirnos sentir tristeza sin juzgarnos. O decir «no puedo hacerlo» sin convertirlo en una prueba de que somos egoístas.

No todo lo que nos ocurre en el cuerpo tiene una explicación emocional. Pero tampoco necesitamos ignorar nuestra historia para cuidar nuestra salud.

Quizá cuidarnos consista, en parte, en aprender a escuchar tanto lo que sentimos como lo que nuestro cuerpo necesita, sin exigirnos encontrar una explicación para todo y sin culpabilizarnos por aquello que tuvimos que aprender para salir adelante.

Preguntas frecuentes

¿Puede el trauma psicológico alterar la microbiota intestinal?

Algunos estudios han encontrado asociaciones entre el estrés temprano o el trastorno de estrés postraumático y diferencias en la microbiota intestinal. Sin embargo, la evidencia todavía es limitada y no demuestra que el trauma provoque necesariamente disbiosis.

¿Qué relación existe entre el estrés y el intestino?

El cerebro y el intestino mantienen una comunicación bidireccional. El estrés puede influir en la motilidad intestinal, la sensibilidad digestiva y otros procesos fisiológicos, aunque sus efectos varían entre personas.

¿Qué aporta Gabor Maté a la comprensión del trauma?

Maté invita a explorar cómo las experiencias tempranas y las estrategias de adaptación emocional pueden influir en la vida adulta y en la relación con la salud. Sus aportaciones son una perspectiva clínica y divulgativa, no una prueba de que el trauma cause una enfermedad concreta.

¿Qué es el modelo de la familia narcisista?

Es un modelo que describe dinámicas familiares en las que las necesidades emocionales de los adultos ocupan una posición prioritaria y los hijos aprenden a adaptarse a ellas. No implica necesariamente que los padres tengan un diagnóstico de trastorno narcisista de la personalidad.

¿Se puede reparar la microbiota tratando el trauma?

Todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que el tratamiento psicológico del trauma normalice la microbiota intestinal. La psicoterapia puede ayudar a abordar el sufrimiento emocional, mientras que los síntomas digestivos requieren una valoración adaptada a cada persona.

Referencias bibliográficas

  • Donaldson-Pressman, S. y Pressman, R. M. La familia narcisista: diagnóstico y tratamiento.
  • Maté, G. Cuando el cuerpo dice no: la conexión entre el estrés y la enfermedad.
  • Agusti, A. et al. (2023). The Gut Microbiome in Early Life Stress: A Systematic Review. Nutrients, 15(11), 2566. https://doi.org/10.3390/nu15112566
  • Winder, C. et al. (2025). Gut microbiome differences in individuals with PTSD compared to trauma-exposed controls: a systematic review. Frontiers in Neuroscience, 19, 1540180. https://doi.org/10.3389/fnins.2025.1540180

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