Lourdes Garrido Mayo
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¿Y si tus emociones no fueran el problema, sino el camino?

¿Y si nuestras emociones no fueran algo que eliminar, sino una oportunidad para conocernos mejor? En este artículo exploramos cómo aprender a escuchar lo que sentimos, sin juzgarlo ni dejarnos arrastrar por ello, puede convertirse en un camino de autoconocimiento y transformación. Inspirado en La sabiduría del corazón de Jack Kornfield y en mi libro Escúchalas.

3 de octubre de 2026
Mujer contemplando el mar, símbolo de escucha interior y conexión con las emociones

Vivimos en una época en la que parece que tenemos que aprender a gestionar nuestras emociones, controlarlas, regularlas y, en muchas ocasiones, hacer que desaparezcan cuanto antes.

Nos incomoda la tristeza.

Nos asusta la ansiedad.

Nos molesta la ira.

Nos gustaría no sentir miedo.

Y cuando aparece una emoción que no sabemos manejar, rápidamente pensamos que algo no está funcionando bien en nosotros.

Pero ¿y si estuviéramos planteándonos la pregunta equivocada?

¿Y si en lugar de preguntarnos «¿cómo hago para dejar de sentir esto?», pudiéramos empezar a preguntarnos:

«¿Qué está intentando mostrarme esto que siento?»

Quizá nuestras emociones no sean únicamente algo que necesitamos gestionar.

Quizá también sean una puerta de entrada hacia nosotros mismos.

Las emociones no aparecen por casualidad

Una emoción no surge porque sí.

Puede aparecer ante algo que está sucediendo ahora, pero también puede estar relacionada con nuestra historia, nuestras necesidades, nuestros vínculos, nuestros miedos o nuestras experiencias anteriores.

Por eso, dos personas pueden vivir una misma situación y experimentar emociones completamente diferentes.

Una llamada que alguien no devuelve puede resultar indiferente para una persona y despertar una profunda sensación de abandono en otra.

Una crítica puede ser una información útil para alguien y despertar una enorme rabia o vergüenza en otra persona.

La emoción nos está dando información.

Pero información no significa necesariamente verdad.

Sentir miedo no significa que exista realmente un peligro.

Sentir que alguien nos rechaza no significa necesariamente que nos esté rechazando.

Sentir ira no significa que el otro sea culpable de todo lo que estamos experimentando.

Por eso escuchar una emoción requiere algo más que sentirla.

Requiere curiosidad.

Escuchar no significa obedecer

Esta distinción me parece fundamental.

Si siento ira y escucho mi ira, no significa que tenga que gritar.

Si siento miedo y escucho mi miedo, no significa que tenga que huir.

Si siento celos y escucho mis celos, no significa que tenga que controlar a mi pareja.

Si siento tristeza y escucho mi tristeza, no significa que tenga que quedarme atrapada en ella.

Escuchar una emoción no es obedecerla.

Es permitirnos conocer qué está ocurriendo en nuestro interior antes de decidir qué hacer con ello.

Podemos decir:

«Estoy sintiendo mucha rabia. Necesito comprender qué hay detrás de ella antes de actuar.»

O:

«Tengo miedo y una parte de mí quiere alejarse. Voy a escuchar ese miedo antes de decidir.»

Este pequeño espacio entre sentir y actuar puede cambiar profundamente nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.

Y precisamente aquí recuerdo una historia que cuenta Jack Kornfield sobre sus años como monje budista.

La ira que apareció en una cabaña

Kornfield cuenta que, durante su estancia en un monasterio forestal, pasaba varias horas al día meditando. Él se consideraba una persona pacífica.

Sin embargo, después de un tiempo comenzó a darse cuenta de algo que le desconcertó: estaba enfadándose mucho con las personas que le rodeaban.

La intensidad de aquella ira no parecía corresponderse con lo que estaba sucediendo.

Y eso le hizo preguntarse:

«¿Cómo puede ser que yo, que me considero una persona pacífica, esté sintiendo tanta ira?»

Así que acudió a su maestro y le explicó lo que estaba ocurriendo.

La respuesta del maestro fue sorprendentemente sencilla:

«Bien.»

Kornfield se quedó desconcertado.

¿Bien?

Su maestro le indicó entonces que volviera a su pequeña cabaña. Era una época calurosa y la cabaña tenía un techo de hojalata. Le dijo que cerrara la puerta y las dos ventanas, se envolviera en sus hábitos y se quedara allí con su ira.

Pero no para alimentarla.

No para descargarla.

No para justificarla.

Para escucharla.

Le indicó que permaneciera allí hasta poder escuchar las historias que contaba aquella ira, sentir su energía recorriendo el cuerpo y encontrar una manera de estar con ella sin huir.

Kornfield describe este episodio como el comienzo de su aprendizaje para relacionarse de otra manera con las emociones.

Me parece una imagen extraordinariamente poderosa.

Porque probablemente muchos de nosotros hacemos justamente lo contrario.

Cuando aparece una emoción incómoda, queremos salir de ella cuanto antes.

Nos distraemos.

La justificamos.

Buscamos culpables.

La descargamos sobre alguien.

La reprimimos.

O intentamos convencernos de que no deberíamos estar sintiendo aquello.

Pero aquel maestro le propuso algo diferente:

quédate.

Mira.

Siente.

Escucha.

¿Qué ocurre cuando escuchamos de verdad?

Kornfield explica que, con la práctica de la atención consciente, podemos empezar por reconocer qué emoción está presente, ponerle un nombre y sentir cómo se manifiesta en nuestro cuerpo.

Después podemos observar las historias que aparecen alrededor de ella y hacerle espacio.

De esta manera, las emociones pueden empezar a sentirse más como visitantes que como fuerzas que nos arrastran.

Esto no significa que desaparezcan inmediatamente.

Significa que cambia nuestra relación con ellas.

Podemos pasar de:

«Soy una persona enfadada»

a:

«Hay ira en mí en este momento.»

De:

«Soy una persona triste»

a:

«Ahora mismo estoy atravesando tristeza.»

Y ese pequeño cambio puede abrir un espacio enorme.

Porque si puedo observar lo que siento, ya no estoy completamente identificado con ello.

Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos

Muchas veces añadimos sufrimiento a una emoción que ya estaba ahí.

Estamos tristes y pensamos:

«No debería estar triste.»

Tenemos miedo y pensamos:

«Tengo que ser más fuerte.»

Estamos enfadados y pensamos:

«No debería sentir tanta rabia.»

Entonces ya no tenemos solamente la emoción.

Tenemos también nuestra lucha contra la emoción.

Y esa lucha puede convertirse en una segunda capa de sufrimiento.

Quizá podamos probar algo diferente:

«Esto es lo que estoy sintiendo ahora. Voy a escuchar.»

No para justificar cualquier conducta.

No para quedarnos instalados en la emoción.

Sino para descubrir qué necesita ser comprendido.

El corazón como lugar de escucha

Aquí encuentro una conexión especialmente interesante con La sabiduría del corazón, de Jack Kornfield.

Su propuesta parte de una tradición contemplativa en la que aprender a relacionarnos con nuestra experiencia interna de una manera más consciente y compasiva ocupa un lugar central.

Y la historia de aquella cabaña resume de una manera muy sencilla algo que me parece esencial:

no siempre necesitamos alejarnos de aquello que sentimos.

A veces necesitamos acercarnos.

Escuchar la emoción.

Sentirla en el cuerpo.

Conocer las historias que trae.

Y descubrir qué hay debajo.

Quizá el corazón tenga algo que enseñarnos precisamente cuando dejamos de intentar silenciarlo.

¿Qué puede estar intentando decirte una emoción?

En lugar de quedarte únicamente en:

«No quiero sentir esto»,

puedes comenzar a explorar:

• ¿Qué ha ocurrido?

• ¿Qué estoy sintiendo exactamente?

• ¿Qué pensamiento ha aparecido?

• ¿Qué necesito en este momento?

• ¿Qué parte de mí se ha activado?

• ¿Esta emoción pertenece solamente al presente o conecta con algo conocido?

• ¿Qué me está mostrando sobre mí?

• ¿Qué quiero hacer con esta información?

A veces descubriremos que debajo de la ira había dolor.

Debajo del control, miedo.

Debajo de la tristeza, una necesidad de conexión.

Debajo de la exigencia, un profundo deseo de sentirnos reconocidos.

Y entonces la emoción comienza a convertirse en un camino de autoconocimiento.

No se trata de sentir menos

Quizá la madurez emocional no consista en convertirnos en personas que sienten poco.

Quizá consista en poder sentir profundamente sin quedar completamente atrapados por aquello que sentimos.

Poder experimentar tristeza y seguir presentes.

Sentir miedo y no dejar que decida siempre por nosotros.

Experimentar ira y utilizarla como información sin convertirla automáticamente en agresión.

Sentir una necesidad y aprender a expresarla.

Sentir dolor y permitirnos descubrir qué necesita ser cuidado.

En ese sentido, nuestras emociones pueden convertirse en compañeras de camino.

No siempre cómodas.

No siempre agradables.

Pero sí reveladoras.

Escúchalas

El título de mi libro, Escúchalas, nace precisamente de esta idea.

Hay algo que podemos aprender cuando dejamos de considerar nuestras emociones como enemigas y empezamos a acercarnos a ellas para comprenderlas.

No se trata de darles siempre la razón.

Se trata de darles un lugar.

Porque aquello que sentimos puede contener información sobre nuestra historia, nuestras necesidades, nuestros conflictos, nuestros deseos y nuestra manera de relacionarnos.

Y cuando aprendemos a escuchar, quizá descubramos que dentro de nosotros hay más voces de las que imaginábamos.

Algunas tienen miedo.

Otras están enfadadas.

Otras necesitan ser vistas.

Otras quieren protegernos.

Y otras simplemente necesitan que alguien las escuche.

Tal vez no necesites luchar tanto contra lo que sientes.

Tal vez puedas empezar por sentarte a escuchar.

Y preguntarte:

«¿Qué quieres mostrarme?»

🌿 Una última reflexión

No todas las emociones necesitan ser eliminadas.

Algunas necesitan ser comprendidas.

No todas necesitan una respuesta inmediata.

Algunas necesitan espacio.

Y no todas nos dicen lo que debemos hacer.

Pero pueden ayudarnos a descubrir qué está ocurriendo dentro de nosotros.

Quizá por eso escuchar nuestras emociones sea también una forma de acercarnos a nuestro propio corazón.

Porque aquello que sentimos no siempre es el problema.

A veces es el camino.

Sobre Escúchalas

En mi libro Escúchalas profundizo en esta relación con nuestro mundo emocional y en cómo podemos aprender a escuchar nuestras diferentes voces internas para comprendernos mejor y vivir de una manera más consciente.

Quizá algunas de esas voces no necesiten que las hagas callar.

Quizá estén esperando que las escuches.

Descubre Escúchalas → https://lourdesgarrido.es/terapia-online#libros

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