Lourdes Garrido Mayo
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Boomeritis: cuando el pluralismo se convierte en dogma

¿Puede el pluralismo generar sus propios puntos ciegos? Una reflexión sobre Ken Wilber, la autoridad, la diversidad y la necesidad de integrar perspectivas.

24 de octubre de 2026
Rinoceronte pintando un paisaje de sabana al atardecer, con su cuerno reflejado en los cuadros que pinta. Ilustración a lápices de colores con el mensaje «Ves el mundo como tú eres».

¿Y si nuestras conquistas culturales también pudieran convertirse en obstáculos?

Hay ideas que representan un avance indiscutible y que, sin embargo, pueden volverse problemáticas cuando las llevamos al extremo. Aprender a escuchar a quienes piensan diferente, cuestionar las jerarquías injustas, reconocer la diversidad y desconfiar de los abusos de poder son conquistas fundamentales de nuestra evolución cultural. Nos han permitido revisar tradiciones, ampliar derechos y dar voz a personas que durante mucho tiempo no fueron escuchadas.

Pero ¿qué ocurre cuando la crítica a la autoridad se convierte en un rechazo de cualquier autoridad? ¿Y cuando la inclusión se interpreta como la obligación de considerar igualmente válidas todas las ideas? ¿Es posible que una cultura que ha aprendido a desconfiar de los dogmas termine desarrollando los suyos propios?

Estas preguntas me acompañan desde hace años. En 2012 presenté en las Jornadas Integrales una ponencia titulada Estrategias para la reconciliación de diferentes perspectivas, en la que exploraba cómo nuestras formas de interpretar la realidad condicionan lo que somos capaces de ver y también aquello que dejamos fuera.

Hoy encuentro en aquellas reflexiones una conexión especialmente interesante con Boomeritis, el libro de Ken Wilber que critica ciertas contradicciones de la cultura posmoderna. No se trata de concluir que nuestra sociedad haya alcanzado el máximo esplendor de una supuesta enfermedad cultural, ni de atribuir todos nuestros problemas a una corriente de pensamiento. Se trata, más bien, de examinar una posibilidad: que algunos de los valores que nos han ayudado a avanzar puedan generar nuevos puntos ciegos cuando se absolutizan.

La cuestión no es elegir entre autoridad y libertad, entre tradición y cambio o entre igualdad y discernimiento. Es aprender a reconocer qué aporta cada perspectiva, cuáles son sus límites y cómo podemos evitar que una verdad parcial se convierta en una explicación total de la realidad.

1. Boomeritis: cuando el pluralismo pierde su capacidad de discernir

En Boomeritis, publicado originalmente en 2002, Ken Wilber utiliza la sátira y la reflexión filosófica para cuestionar determinadas contradicciones de la cultura posmoderna. El término combina la referencia a la generación del baby boom con el sufijo «-itis», como metáfora de una especie de inflamación cultural.

No es un diagnóstico clínico ni una categoría científica reconocida. Es el nombre que Wilber da a una forma disfuncional de entender el pluralismo, especialmente cuando la defensa de la diversidad y la libertad se mezcla con el egocentrismo, el relativismo extremo o el rechazo indiscriminado de las jerarquías.

Para comprender su crítica, conviene distinguir dos cosas.

Por un lado, un pluralismo saludable reconoce que ninguna persona posee por sí sola toda la verdad, que las experiencias humanas son diversas y que las instituciones pueden equivocarse o ejercer el poder de manera abusiva. Esta actitud nos invita a escuchar, cuestionar nuestras certezas y ampliar nuestra comprensión.

Por otro lado, existe una posible deformación de esos mismos valores: pensar que todas las perspectivas son igualmente válidas en cualquier circunstancia, que establecer diferencias entre ideas equivale a discriminar a las personas o que cualquier límite impuesto desde fuera constituye una amenaza a la libertad.

En ese punto, el pluralismo deja de ser una invitación a comprender mejor la realidad y puede convertirse en una dificultad para evaluarla.

Reconocer la dignidad de todas las personas no implica que todas las ideas tengan la misma consistencia. Escuchar no significa dar la razón; respetar no significa equiparar; comprender no significa aprobar.

Una afirmación sobre la salud, por ejemplo, no adquiere la misma validez que otra por el mero hecho de que ambas representen experiencias personales. Una interpretación puede ser sincera y, sin embargo, estar equivocada. Una crítica puede señalar un problema real y, al mismo tiempo, contener generalizaciones injustificadas.

El reto consiste en respetar a quien piensa de otra manera sin renunciar a examinar la calidad de sus argumentos.

2. Las gafas con las que miramos el mundo

En mi ponencia de 2012 recurría a una imagen sencilla: cada perspectiva es como unas gafas de un determinado color. Nos permiten ver algunos aspectos de la realidad con especial claridad, pero también pueden dificultar que percibamos otros.

Una persona que valora especialmente el orden puede detectar con facilidad el caos, la falta de responsabilidad o las consecuencias de prescindir de las normas. Sin embargo, quizá le cueste reconocer cuándo las reglas se han vuelto rígidas o cuándo una estructura protege intereses injustos.

Otra persona, muy sensible a la igualdad y a la inclusión, puede identificar con precisión situaciones de discriminación y abuso. Pero quizá tenga más dificultades para reconocer que algunas diferencias de criterio, de responsabilidad o de competencia son legítimas y necesarias.

Ninguna de estas personas tiene por qué estar completamente equivocada. Ambas pueden estar viendo algo importante. El problema aparece cuando confunden la parte que ven con la totalidad de lo que existe.

Desde la psicología cognitiva sabemos que no interpretamos la información de manera completamente neutral. Nuestras expectativas, creencias, experiencias y emociones influyen en lo que atendemos, en el significado que atribuimos a los acontecimientos y en las conclusiones a las que llegamos.

Entre las distorsiones cognitivas descritas en los modelos de Albert Ellis y Aaron Beck encontramos el pensamiento dicotómico, la sobregeneralización, el filtro mental, la lectura de pensamiento y el razonamiento emocional.

Estas distorsiones no aparecen únicamente cuando sufrimos un problema individual. También pueden ayudarnos a comprender algunos mecanismos presentes en los debates colectivos.

Cuando reducimos una cuestión compleja a dos opciones —estar a favor o estar en contra, ser opresor o ser víctima, defender el orden o defender la libertad—, perdemos matices. Cuando generalizamos a partir de un caso, convertimos una experiencia particular en una afirmación sobre todo un colectivo. Cuando interpretamos el desacuerdo como una agresión, dejamos de examinar los argumentos y empezamos a defender nuestra identidad.

La pregunta que propongo hacernos es sencilla: ¿qué pruebas tengo de que mi interpretación es correcta y qué aspectos de la realidad podrían estar quedando fuera de mi mirada?

Esta pregunta puede resultar incómoda. Precisamente por eso puede ser útil.

3. Cuando una conquista se convierte en su contrario

Las transformaciones culturales suelen producirse, en parte, como respuesta a las limitaciones de las etapas anteriores. Si una sociedad ha concedido demasiado peso a la obediencia, la tradición o la autoridad, es comprensible que aparezca una reacción que reivindique la autonomía individual, la igualdad y la libertad de cuestionar.

Esa reacción puede corregir injusticias reales. El problema surge cuando, en lugar de revisar críticamente lo anterior, se pasa a considerar negativo todo aquello que lo representa.

La autoridad se confunde entonces con el autoritarismo. La jerarquía se interpreta necesariamente como dominación. El orden se asocia a la represión y la crítica se convierte en una obligación moral, incluso cuando no se ha examinado suficientemente aquello que se critica.

Este movimiento puede entenderse como una reacción pendular: al descubrir los excesos de una posición, corremos el riesgo de desplazarnos hacia el extremo contrario.

Wilber propone, desde su modelo integral, una lectura del desarrollo cultural en la que ciertas perspectivas modernas y posmodernas aportan logros diferentes, pero también pueden mostrar limitaciones. Su propuesta consiste en intentar integrar los avances de las distintas perspectivas, en lugar de asumir que una debe eliminar por completo a las anteriores.

Conviene aclarar que se trata de un marco teórico de interpretación, no de una escala universalmente validada que permita clasificar sin discusión a personas o sociedades. La propia perspectiva integral puede caer en aquello que critica si se considera superior por definición.

Lo valioso de esta propuesta no es disponer de una etiqueta con la que clasificar a los demás, sino utilizarla como una invitación a ampliar nuestra mirada.

En vez de preguntarnos qué perspectiva es la buena y cuál es la mala, podemos preguntarnos: ¿qué problema intentaba resolver cada una?, ¿qué aportaciones conserva?, ¿qué consecuencias tiene cuando se lleva al extremo?, ¿qué necesita aprender de las demás?

4. Autoridad, jerarquía y límites: palabras que merecen ser examinadas

En mi ponencia de 2012 dediqué especial atención a palabras como autoridad, control, liderazgo, estructura, orden, jerarquía y poder. Son términos que pueden despertar reacciones intensas, porque evocan experiencias personales y acontecimientos históricos muy diferentes.

Sin embargo, no todos significan lo mismo en todos los contextos.

El poder puede utilizarse para dominar, pero también es la capacidad de actuar y hacer posible algo. Una estructura puede volverse opresiva, pero también puede facilitar la cooperación. El control puede utilizarse para someter, pero también puede significar regular, supervisar o ajustar una actividad para que funcione adecuadamente.

Y la autoridad puede ser arbitraria y abusiva, pero también puede apoyarse en el conocimiento, la experiencia, una responsabilidad legítima o unas normas compartidas.

Pensemos en la relación entre un docente y sus alumnos. El profesor no debería tener un poder ilimitado ni quedar exento de crítica. Su autoridad debe estar sometida a límites, responsabilidad y revisión. Pero tampoco parece razonable que su función desaparezca hasta el punto de que cualquier indicación se interprete como una intromisión inadmisible.

Enseñar implica transmitir conocimientos, establecer ciertas normas y evaluar aprendizajes. Eso introduce una asimetría de funciones que no tiene por qué negar la dignidad de los alumnos.

Algo parecido sucede con las fuerzas de seguridad o el sistema judicial. Es imprescindible que su actuación pueda ser cuestionada cuando existan indicios de abuso, arbitrariedad o incumplimiento de la ley. Pero cuestionar una actuación concreta no equivale a negar la función social de la institución.

La pregunta relevante no es si una estructura tiene autoridad, sino qué legitimidad tiene, para qué sirve, cómo se limita y ante quién responde.

Un ejemplo: ¿si desaparecieran los policías, desaparecerían los delincuentes?

En mi ponencia utilizaba una afirmación provocadora para ilustrar una distorsión del pensamiento: «Si quitáramos a los policías, desaparecerían los delincuentes».

¿Qué razonamiento hay detrás de esta idea? Se da por supuesto que la existencia de la policía es la causa de la delincuencia y que, al eliminarla, desaparecería también el problema.

Pero la conclusión no se desprende de la premisa. Que una institución intervenga ante un problema no significa que sea la causa de ese problema. Y eliminar a quienes intentan prevenir o perseguir una conducta no implica que esa conducta deje de producirse.

Esto no significa que todas las actuaciones policiales sean correctas ni que las instituciones deban quedar libres de crítica. Significa que debemos examinar la relación entre las causas y las consecuencias antes de proponer soluciones.

El mismo razonamiento puede aplicarse a otros ámbitos: si hay docentes que abusan de su autoridad, ¿debemos eliminar la autoridad docente o establecer mecanismos para impedir esos abusos? Si existen jueces que cometen errores, ¿debemos prescindir de la función judicial o mejorar los procedimientos de revisión y rendición de cuentas?

La diferencia es importante. Una crítica puede estar justificada y, aun así, la solución que propone puede ser equivocada.

5. El riesgo de confundir inclusión con ausencia de criterio

Una de las paradojas que más me interesan es que el deseo de incluirlo todo puede terminar impidiendo el discernimiento.

Si creemos que toda perspectiva debe ser aceptada exactamente en los mismos términos, ¿cómo distinguimos una interpretación fundamentada de otra basada en prejuicios? ¿Cómo señalamos una conducta dañina sin que la crítica se interprete como una falta de respeto hacia quien la realiza? ¿Cómo establecemos límites sin convertirnos automáticamente en personas intolerantes?

La inclusión tiene un enorme valor cuando permite que participen voces antes excluidas y que se revisen las normas que perpetúan injusticias. Pero no significa que debamos aprobar cualquier comportamiento ni renunciar a evaluar las consecuencias de nuestras decisiones.

Podemos escuchar una opinión y considerar que carece de fundamento. Podemos comprender por qué alguien actúa de determinada manera sin justificar su conducta. Podemos respetar a una persona y, al mismo tiempo, establecer límites claros ante sus acciones.

También podemos reconocer que una perspectiva contiene aportaciones valiosas sin asumir todas sus conclusiones.

En mi ponencia señalaba una contradicción que aparece cuando se afirma que «todas las perspectivas son válidas» sin matizar qué significa esa validez. Si con ello queremos decir que toda persona merece ser escuchada y que ninguna perspectiva debe descartarse sin examinarla, la afirmación tiene un sentido valioso. Pero si significa que todas las interpretaciones son igualmente acertadas, la propia afirmación se vuelve difícil de sostener.

Por ejemplo, dos personas pueden interpretar de manera diferente un conflicto. Ambas tienen derecho a explicar cómo lo han vivido, pero eso no garantiza que sus interpretaciones sean igualmente completas ni que ambas hayan entendido correctamente los hechos. Escucharlas a las dos no nos exime de investigar qué sucedió.

Incluso la afirmación «no hay que hacer juicios de valor» contiene un juicio sobre cómo deberíamos comportarnos. Esto no la convierte automáticamente en una idea equivocada, pero sí muestra que conviene examinar también los principios que presentamos como neutrales.

El reto no es dejar de valorar, sino hacerlo con conciencia, argumentos y disposición a revisar nuestras conclusiones.

En el fondo, se trata de distinguir entre el valor de la persona y la calidad de sus ideas, entre el derecho a expresarse y la obligación de dar por válida cualquier afirmación, entre la apertura mental y la ausencia de criterios.

6. ¿Y si estuviéramos haciendo aquello que criticamos?

Aquí es donde la reflexión deja de ser una crítica cultural para convertirse en una pregunta personal.

Resulta relativamente sencillo identificar el dogmatismo en quienes piensan de manera diferente. Nos cuesta bastante más reconocerlo cuando aparece en las ideas con las que nos identificamos.

Podemos denunciar la rigidez de una institución y ser rígidos al defender nuestras propias convicciones. Podemos criticar el autoritarismo y reaccionar de forma autoritaria ante el desacuerdo. Podemos reclamar que se escuchen todas las voces y descalificar a quienes cuestionan nuestra interpretación de la inclusión.

También podemos utilizar conceptos psicológicos para explicar a los demás, olvidando que esos mismos mecanismos operan en nosotros.

Cuando una crítica nos incomoda, por ejemplo, podemos preguntarnos si contiene algo que merezca ser considerado o concluir inmediatamente que quien la formula está actuando de mala fe. Cuando alguien señala una excepción a nuestra teoría, podemos examinarla o intentar descartarla para preservar nuestra explicación.

En ambos casos está en juego nuestra capacidad para aprender.

Propongo algunas preguntas que pueden ayudarnos a reconocer nuestros propios puntos ciegos:

  • ¿En qué me baso? ¿Dispongo de hechos o estoy generalizando a partir de algunas experiencias?
  • ¿Qué pruebas podrían hacerme cambiar de opinión? Si la respuesta es «ninguna», quizá mi posición se haya vuelto inmune a la revisión.
  • ¿Estoy confundiendo una conducta con la identidad completa de una persona o de un colectivo?
  • ¿Puedo reconocer algo valioso en una perspectiva con la que discrepo?
  • ¿Estoy defendiendo un principio o protegiendo mi necesidad de tener razón?
  • ¿Aplico a mi propio grupo los mismos criterios que utilizo para juzgar a los demás?
  • ¿Estoy dispuesto a aceptar límites legítimos, incluso cuando no coinciden con mis preferencias?

No son preguntas para desarmar nuestras convicciones ni para obligarnos a permanecer siempre en una posición intermedia. Algunas situaciones requieren decisiones firmes. Hay conductas que deben rechazarse y afirmaciones que la evidencia permite descartar.

La finalidad es otra: evitar que nuestra certeza nos impida reconocer la realidad cuando contradice nuestras expectativas.

7. Hacia una mirada más integral

La propuesta integral de Ken Wilber intenta reunir perspectivas que con frecuencia se consideran incompatibles. Su modelo contempla dimensiones subjetivas, conductuales, culturales y sistémicas: lo que vivimos interiormente, lo que hacemos y podemos observar, los significados que compartimos y las estructuras sociales en las que participamos.

Esta forma de mirar puede ayudarnos a evitar explicaciones reduccionistas.

Si una institución funciona mal, quizá haya que revisar sus normas y recursos, pero también las conductas de quienes trabajan en ella, las relaciones que se establecen y los significados culturales que sostienen determinadas prácticas. Si surge un conflicto, no basta necesariamente con atribuirlo a la personalidad de una de las partes ni con explicarlo únicamente por el contexto social.

Las distintas dimensiones pueden iluminar aspectos diferentes de un mismo fenómeno.

Desde esta perspectiva, reconciliar puntos de vista no significa afirmar que todas las explicaciones son igualmente correctas ni alcanzar un acuerdo a cualquier precio. Significa intentar comprender qué ve cada una, qué deja fuera y qué evidencias permiten valorar sus aportaciones.

Tampoco significa que debamos integrar todas las ideas sin distinción. Algunas necesitan ser revisadas; otras, abandonadas. Integrar no es acumularlo todo, sino discernir qué merece conservarse, qué necesita transformarse y qué conviene descartar.

Y este trabajo no se realiza únicamente con argumentos. Requiere también una disposición interior: reconocer que nuestra identidad puede estar muy vinculada a determinadas creencias y que cuestionarlas puede hacernos sentir amenazados.

A veces, ampliar la mirada empieza por aceptar que no vemos tanto como creíamos.

Conclusión: no basta con tener una perspectiva abierta; hay que examinarla

La crítica de Wilber en Boomeritis me parece interesante porque señala una paradoja: los valores que permiten superar ciertas limitaciones culturales también pueden convertirse en nuevas limitaciones cuando se absolutizan.

El pluralismo puede degenerar en relativismo indiscriminado. La libertad puede confundirse con la ausencia de límites. La crítica a la autoridad puede terminar negando cualquier autoridad legítima. La inclusión puede transformarse en una exigencia unilateral y la defensa de la diversidad, en una dificultad para reconocer diferencias relevantes entre las ideas.

Pero nada de esto invalida los logros del pluralismo ni justifica una vuelta acrítica a modelos autoritarios. La respuesta no está en elegir un extremo y combatir el otro, sino en aprender a distinguir, revisar y contextualizar.

Tampoco deberíamos utilizar el modelo integral como una nueva jerarquía desde la que juzgar a quienes consideramos menos evolucionados. Si lo hiciéramos, estaríamos reproduciendo el mismo problema que pretendemos señalar: convertir una perspectiva parcial en la medida de todas las demás.

En mi opinión, uno de los retos de nuestro tiempo consiste precisamente en desarrollar la capacidad de sostener dos verdades a la vez: que las perspectivas humanas son parciales y merecen ser escuchadas, y que no todas las interpretaciones están igualmente fundamentadas ni todas las conductas son igualmente aceptables.

Quizá el paso más importante no sea aprender a detectar los puntos ciegos de nuestra cultura, sino adquirir la humildad necesaria para reconocer los nuestros.

Porque una mirada verdaderamente abierta no es aquella que acepta todo sin discernimiento, sino aquella que puede cuestionarse sin destruirse, escuchar sin someterse y defender sus convicciones sin convertirlas en dogmas.

La reconciliación de diferentes perspectivas comienza cuando dejamos de preguntarnos únicamente qué les falta a los demás y nos atrevemos a examinar qué puede estar faltándonos a nosotros.

Preguntas frecuentes sobre Boomeritis y los puntos ciegos culturales

¿Qué significa Boomeritis según Ken Wilber?

Boomeritis es un concepto que Ken Wilber desarrolla en su libro homónimo para describir, de forma satírica, ciertas contradicciones de la cultura posmoderna. Se refiere especialmente a la tendencia a llevar el pluralismo, la inclusión y el rechazo de las jerarquías hasta extremos que dificultan el discernimiento. No es un diagnóstico clínico, sino una crítica filosófica y cultural.

¿Qué diferencia hay entre pluralismo y relativismo?

El pluralismo reconoce que existen distintas perspectivas y que cada una puede aportar conocimientos valiosos. El relativismo, en algunas de sus versiones más extremas, sostiene que no hay criterios suficientes para distinguir entre interpretaciones mejores o peores. Podemos respetar la diversidad de opiniones sin considerar que todas las afirmaciones están igualmente fundamentadas.

¿Qué son los puntos ciegos en psicología?

Los puntos ciegos son aspectos de la realidad que nos cuesta reconocer debido a nuestras creencias, expectativas, experiencias o sesgos cognitivos. Podemos percibir con claridad aquello que confirma nuestra visión del mundo y pasar por alto la información que la contradice. Reconocerlos requiere cuestionar nuestras interpretaciones y estar dispuestos a revisarlas.

¿La autoridad es siempre negativa?

No. La autoridad puede ejercerse de forma abusiva, pero también puede basarse en el conocimiento, la experiencia, una responsabilidad legítima o unas normas compartidas. La cuestión no es aceptar o rechazar toda autoridad, sino examinar su legitimidad, su finalidad, sus límites y los mecanismos que permiten exigir responsabilidades cuando se utiliza de manera inadecuada.

¿Cómo podemos desarrollar una perspectiva más integral?

Podemos empezar por reconocer que nuestra visión de la realidad es parcial, escuchar perspectivas diferentes y examinar las pruebas que respaldan nuestras creencias. También ayuda distinguir entre comprender y justificar, entre respetar a una persona y aprobar todas sus ideas, y entre cuestionar una institución y rechazar la función que desempeña. Una perspectiva más integral no consiste en aceptar todo, sino en comprender mejor antes de juzgar.

Referencias y lecturas

Nota sobre el enfoque: El concepto de Boomeritis se utiliza aquí como marco filosófico de interpretación, no como diagnóstico clínico ni como explicación única de los conflictos sociales.

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